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Parar a la derecha

Ricardo Candia Cares

Arrecia, y aumentará según se acerque el 17 de enero, la campaña para parar a la derecha. Como si ese monstruo grande que pisa fuerte, se pueda detener en un mes. Como si prevenir los efectos de un temporal, se pueda hacer usando paraguas.
 
El esmirriado treinta por ciento de la votación concertacionista, informa que tiene en contra un setenta. Las alarmas, tardías por la arrogancia de los mandamases, obligan a devanarse los sesos en búsqueda de soluciones que permitan el milagro.

Se levanta el peligro a la derecha como argumento más que respetable para superar los números esquivos. Se dice que parar a la derecha es evitar que gane Piñera y sí lo haga Frei.

La derecha, que es dueña de todo lo que se mueve y tenga precio, no necesita el poder ejecutivo, a no ser por la excentricidad de un millonario que no tiene nada más que hacer. Sumar a lo que tiene la derecha el poder del ejecutivo, cuando puede ejercer el mismo poder sin necesidad de complicarse el pepino, es un absurdo, pero allá ellos.

Por eso resulta inútil querer parar a la derecha cuando ésta está entronizada, con el favor, complicidad y encubrimiento, de los cuatro sucesivos gobiernos de la Concertación.

En rigor, detener a la derecha significaría detener el avance arrollador del sistema en que vivimos y que de tanto mencionar, definir y cuestionar, no somos capaces de ver en toda su extensión y magnitud.

La derecha es imparable si no hay, hasta ahora, una verdadera fuerza capaz de hacerlo. La única vez que fue posible, se verificó entre el cuatro de septiembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973. Y veamos cómo les dolió.

Supongamos que en razón de las finanzas, de la publicidad y de los esfuerzos de quienes están obligados a pagar favores concedidos, el esmirriado 30% de la Concertación supera su rigor mortis y llega al 50% más un voto. Que los ingenuos crean que se paró a la derecha.

Ésta, con la envidiable capacidad de adaptación que ya se quisieran especies en extinción, mutará imperceptiblemente para seguir siendo lo que es.

Resulta tardío esto de llamar a parar a la derecha votando por Eduardo Frei. Si queremos decir las cosas según son, y no escamotear la verdad a las palabras, parar a la derecha sería también parar al mismo Frei, a Velasco, a Viera Gallo a Rosende, a Pérez Yoma y un sinfín de apellidos que se pasean con sus escamas traslapadas reflejando colores falsos.

Algún publicista con riesgo de quedar sin trabajo ha instalado la idea  que de ganar Frei debe interpretarse como equivalente al momento en que la derecha de nuestras pesadillas, se congelará, dejará de ser, se inhibirá de seguir siendo lo que es, lo que ha sido y lo que será.

Nos hacen creer que el estado de hibernación que le será inoculado a la derecha por el expediente de las votaciones, inhibirá la explotación a la que somete a los trabajadores y al poco planeta que va quedando. Que se acabarán los magnates cuya manía de juntar riquezas hasta límites absurdos, dicen es por mandato divino.

Se instala la idea que la derrota de Piñera en el balotaje detendrá los afanes de la derecha, los dueños de todo, de apropiarse de la educación, de la salud, de los fondos previsionales, de los medios de comunicación, de las Fuerzas Armadas, de la iglesia, del transporte, del subsuelo, de los mares, ríos y lagos y de todo cuanto sea posible apropiarse.

Detener a la derecha es otra cosa, distinta a la que se quiere vender.  Detener a la derecha ya no se puede por la fracasada vía que ha intentado la izquierda. Para el efecto, hace falta mucho más que un balotaje que sólo sirve para elegir entre arroz el graneado y las papas fritas. Mucho más que elecciones hechas para que ganen los de siempre.

Para competir con la derecha y vencerla, se necesita una idea de país que millones quieran construir. Se requeriría de un Gran Misterio, una Mística, administrada por la inteligencia colectiva del pueblo al servicio del intento magnífico de salvar a la humanidad del descalabro sin retorno.

Sería necesaria una Gran Mentira en la que creamos todos, o que hagamos como que sí,  detrás de la cual busquemos la mejor manera de andar juntos sin necesidad de ser iguales. Una idea totémica de país, un sueño, acompañado de una música, una poesía, una literatura, un teatro, un baile que muestre cómo es eso, cómo sería y qué pasaría si no.

En el mismo tablón, gritando el mismo sonsonete alentador, se sienta un colocolino de corazón y un chuncho místico. Ambos usan la roja de todos y se abrazan ante el gol de Suazo. Días antes, en el clásico de los clásicos, se encuentran en la calle y por poco se matan cuando uno defiende al indio y el otro al león.

La única manera de detener a la derecha, es por el expediente de dejar de lado nuestra propia tricota y usar una a la que queramos todos. Que nos haga parecidos, pero no iguales.

Y que seamos tan distintos como iguales y tan únicos, como varios, antes que sea demasiado tarde.